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Chapter 1

Capítulo 1: El Descubrimiento

El detective Adrián Vargas acude a una escena del crimen en un almacén abandonado. Encuentra el cuerpo de una mujer asesinada de forma ritual, con un objeto personal de su pasado que lo desconcierta. Una nota en la pared está dirigida a él. Su superior, el comisario Morales, intenta cerrar el caso rápido, pero Adrián sospecha que algo más oscuro se oculta.

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El frío de la noche calaba los huesos mientras aparcaba el coche a varias calles del almacén. Las luces de la patrulla teñían de azul las fachadas descuidadas, y el silencio de la madrugada solo se rompía por el crujir de mis pasos sobre el asfalto roto. Otra llamada, otro cuerpo. Pero algo en esta me erizaba la piel antes siquiera de entrar.

—Está dentro, detective —dijo el agente que me recibió, un chico joven con ojos de no haber dormido en semanas—. La encontró un sintecho hace una hora.

Asentí sin responder. Conocía bien esa sensación de vacío en el estómago. Me ajusté los guantes y crucé la puerta oxidada del almacén. El olor a humedad y metal viejo se mezclaba con algo más dulzón, algo que no quería identificar.

El interior era un laberinto de sombras. Una bombilla solitaria colgaba del techo, iluminando apenas el centro de la nave. Allí yacía ella.

Una mujer joven, de unos treinta años, vestida con un traje azul marino que debió ser caro. Su cuerpo estaba dispuesto con una precisión enfermiza: los brazos cruzados sobre el pecho, las piernas estiradas, la cabeza ligeramente girada hacia la izquierda. Como si durmiera, salvo por los ojos abiertos, fijos en el techo, y el hilillo de sangre que le brotaba de la comisura de los labios.

Me arrodillé a su lado. Sin causa aparente, noté un escalofrío que no venía del frío. Algo en la escena me resultaba… familiar. Demasiado ordenado. Demasiado limpio. Como si el asesino hubiera querido que la víctima luciera bella incluso en la muerte.

—¿El forense ya la examinó? —pregunté al agente que me había seguido.

—Sí, detective. Dice que la causa probable es asfixia, pero que hay marcas extrañas en las muñecas y los tobillos. Como si la hubieran atado con algo muy fino.

Pasé la linterna sobre las manos de la mujer. Tenía las uñas perfectamente pintadas de rojo, sin un rasguño. Y entonces lo vi.

Junto a su mano derecha, casi oculto entre los pliegues de la falda, brillaba un pequeño objeto metálico. Un llavero. Una figurita de un perro de latón, desgastado, con una argolla rota.

Mi corazón dio un vuelco. Conocía ese llavero. Lo había tenido durante años, hasta que lo perdí… o me lo robaron. Era de mi hermana, el único recuerdo que me quedaba de ella antes de que… antes de aquel accidente. ¿Cómo demonios había llegado hasta aquí?

—¿Ha tocado alguien esto? —pregunté, con la voz más firme de lo que me sentía.

—No, detective. Todo está como se encontró.

Guardé el llavero en una bolsa de pruebas con manos temblorosas. No podía ser una coincidencia. Alguien lo había colocado allí. Para mí.

Me incorporé y recorrí la escena con la mirada. El almacén estaba vacío, salvo por unas cajas apiladas en una esquina. Y entonces vi la pared del fondo.

Había una inscripción, pintada con lo que parecía sangre. Letras grandes, torcidas, pero legibles: "Bienvenido a casa, Adrián".

La sangre se me heló. Aquello no era un asesinato al azar. Era un mensaje. Una invitación. O una amenaza.

—¿Qué significa eso, detective? —preguntó el agente, mirando la pared.

—No lo sé —mentí—. Pero voy a averiguarlo.

Mi teléfono vibró. Era el comisario Morales.

—Vargas, ¿cómo va todo? —su voz sonaba profesional, pero con un dejo de impaciencia.

—Acabo de llegar, comisario. Tenemos una víctima femenina, asfixiada. Y una nota en la pared. Parece un asesinato ritual.

—Ritual dices... —hubo una pausa—. Cierra el caso rápido, Vargas. No quiero que esto se convierta en un circo mediático. Ya tienes suficientes casos abiertos.

Su tono no me gustó. Demasiado ansioso por cerrar, demasiado evasivo.

—Comisario, necesito más tiempo. Esto… esto es personal —dije, sin pensar.

—¿Personal? Explícate.

—El asesino dejó un objeto que me pertenece. Y una nota dirigida a mí.

Silencio al otro lado. Luego, una respiración pausada.

—Vargas, ven a comisaría en cuanto termines. Hablaremos.

Colgó. No dijo que lo dejara, no dijo que siguiera. Solo que habláramos. Eso no era buena señal.

Me quedé un momento más observando el rostro de la mujer. Tenía algo familiar, aunque no lograba ubicarla. Tal vez la había visto en alguna noticia, o en la calle. Pero sus ojos vacíos parecían mirarme, acusarme.

—Que tomen fotografías de todo —ordené al agente—. Y que saquen muestras de esa pintura. Esto no ha terminado.

Salí del almacén sintiendo el peso de la noche sobre los hombros. El llavero en mi bolsillo quemaba como una brasa. Mi hermana, Clara. Su muerte en aquel incendio que nunca pude olvidar. Y ahora este objeto, que debía haberse perdido para siempre, aparecía en la escena de un crimen.

Algo grande se estaba moviendo en las sombras. Y yo, sin saber cómo, estaba en el centro de todo.

El viento sopló entre los edificios, trayendo el eco lejano de una sirena. Me subí al coche y encendí el motor, pero no arranqué. Por un instante, tuve la certeza de que alguien me observaba desde alguna ventana. Gire la cabeza, pero solo vi reflejos en los cristales rotos.

Di marcha atrás y tomé la carretera de vuelta a la ciudad. Algo me decía que aquella noche solo era el principio. El comienzo de un camino oculto en la oscuridad, del que quizá no saldría igual.

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