Chapter 1
Capítulo 1
La protagonista, una joven virtual llamada Lina, despierta en su mundo de píxeles y color. Con alegría describe su hogar y las tareas que realiza: cocinar, limpiar, decorar. La única interacción es una mano pixelada que aparece para ayudarla y comprar objetos. Con el paso del tiempo, Lina nota que los días se repiten con ligeras variaciones y que no hay nadie más que hable. Empieza a cuestionar quién es la mano y por qué su mundo parece un bucle.
Lina abrió los ojos y todo era brillante. Las paredes de su casa virtual resplandecían con tonos pastel, el sol entraba por una ventana que nunca se cansaba de mirar, y los muebles, hechos de píxeles redondeados, parecían recién pulidos. Se estiró en su cama de nubes digitales y sonrió. Cada mañana era una aventura, aunque siempre empezara igual.
—¡Buenos días, mundo! —dijo en voz alta, aunque sabía que nadie la oía. O casi nadie.
Saltó de la cama con la energía de quien no necesita dormir, pero disfruta el ritual. Su cabello, de un azul eléctrico que cambiaba de tono según su estado de ánimo, se movía con una suavidad imposible. Se vistió con un vestido que ella misma había diseñado: flores de código que brotaban al caminar. Hoy sería un día ocupado.
La cocina la esperaba. Una encimera de mármol virtual, una estufa que nunca se ensuciaba de verdad, y alacenas llenas de ingredientes que aparecían cuando los necesitaba. Lina tarareaba mientras mezclaba harina y azúcar en un tazón. Iba a preparar pastelitos de fresa, su especialidad. Pero al buscar la esencia de vainilla, notó que no estaba.
—Vaya, otra vez se acabó —murmuró, sin molestarse. Sabía lo que seguía.
En ese instante, una mano pixelada emergió del aire frente a ella. Era una mano de contornos nítidos, de color gris claro, sin cuerpo que la sostuviera. Se movía con precisión, como si perteneciera a alguien que observaba desde algún lugar. Lina sonrió.
—¡Hola, Mano! ¿Me trajiste la vainilla?
La mano hizo un gesto de «espera» y luego desapareció. Un segundo después regresó sosteniendo un pequeño frasco de vidrio pixelado. Lina lo tomó con cuidado.
—Eres un amor —dijo, y la mano pareció agitarse, como si estuviera riendo.
Esa era la rutina. La mano aparecía cuando Lina necesitaba algo: comprar objetos, ordenar la casa, ayudarla a cargar cosas pesadas. Nunca hablaba, pero entendía todo. Lina le pedía favores y la mano los cumplía con una eficiencia que ella admiraba.
Después de hornear los pastelitos, Lina se sentó en su sofá, que cambiaba de color según la hora del día. Comió uno mientras miraba por la ventana. El paisaje era hermoso: un campo de flores que se mecían con el viento, un cielo que nunca se nublaba, y a lo lejos, montañas de píxeles que parecían hechas de caramelo. Pero había algo extraño.
—Mano —dijo Lina, masticando—, ¿notas que los árboles están igual que ayer? ¿Y que el sol siempre sale por el mismo lado?
La mano apareció a su lado, flotando, como si la escuchara. Lina suspiró.
—Es solo que... a veces siento que esto se repite. No es que me queje. Me encanta mi casa, mis cosas, mis recetas. Pero ¿por qué nunca pasa nada diferente? ¿Y por qué no hay nadie más con quien hablar?
La mano se posó suavemente sobre su hombro. Lina sintió un cosquilleo cálido, una sensación de consuelo. Pero no era suficiente.
Decidió salir a caminar. El mundo exterior era un mosaico de caminos de baldosas y jardines bien cuidados. Saludó a los pájaros, que cantaban siempre la misma melodía, y a las mariposas, que trazaban los mismos patrones en el aire. Todo era perfecto, demasiado perfecto. Lina recordaba haber leído en algún libro virtual que la perfección era sospechosa.
Llegó a la plaza central. Allí había una fuente que lanzaba agua cristalina. Solía sentarse a verla durante horas. Pero hoy notó algo nuevo: una pequeña grieta en el borde de la fuente. Se acercó y la tocó. La grieta era real, no un defecto de diseño. Por primera vez, algo en su mundo se desviaba de lo habitual.
—Mano, ¿esto siempre estuvo aquí? —preguntó en voz alta.
La mano apareció y se quedó quieta, como si examinara la grieta. Luego hizo un gesto negativo: no, no estaba antes.
Lina sintió un escalofrío que no era de frío. Tal vez las cosas sí podían cambiar. Tal vez había una razón para que las repeticiones ocurrieran. Y tal vez la mano sabía más de lo que dejaba ver.
—Mano, ¿tú eres real? —preguntó de repente—. ¿O eres solo una función de este mundo?
La mano se quedó suspendida, sin moverse. Lina aguardó una respuesta, pero no llegó. Solo el viento digital movió su cabello.
—Está bien —dijo Lina, volviendo a su tono alegre—. Mañana será otro día. Y quizás encuentre más grietas.
Regresó a casa al atardecer, cuando el cielo se teñía de naranja y rosa. Preparó la cena, una sopa de letras, y la mano la ayudó a cortar las verduras. Mientras comían en silencio —ella hablando, la mano gesticulando—, Lina no podía dejar de pensar en la fuente. ¿Por qué apareció esa grieta? ¿Y si había más secretos escondidos?
Esa noche, antes de dormir, Lina miró por la ventana. Las estrellas titilaban en el mismo orden de siempre, pero una de ellas parecía más brillante. O quizás era su imaginación.
—Mano —susurró—, si puedes oírme... quiero saber quién eres. Y por qué estoy aquí.
La mano apareció junto a la cama y, lentamente, señaló hacia el horizonte. Lina siguió su dirección. Más allá de las montañas, donde nunca había ido, tal vez había respuestas.
—Mañana iremos —dijo Lina, y la mano asintió.
Se durmió con una sonrisa, sintiendo que por fin el bucle comenzaba a romperse.
Pero al despertar, todo era igual que el primer día. La grieta en la fuente había desaparecido, la estrella brillante ya no estaba, y la mano actuaba como si nada hubiera pasado. Lina miró su reflejo en el espejo de la cocina y vio una sombra de duda en sus ojos.
—No, no voy a rendirme —dijo en voz alta—. Algo pasó ayer. Y voy a descubrir qué.
La mano apareció con un gesto de confusión. Lina sonrió con determinación.
—Hoy no haremos pastelitos. Hoy exploraremos.
Y por primera vez, la mano dudó antes de asentir.