Chapter 1
Capítulo 1
Valentina, una joven mesera, sirve en una lujosa fiesta en la mansión de los Delgado. Allí conoce a Mateo, el hijo de la familia, quien se siente atraído por ella. La tensión entre ambos crece, pero la madre de Mateo, doña Isabel, observa con desaprobación. El capítulo termina cuando doña Isabel se acerca a Valentina con una sonrisa fría.
—El salmón ahumado va en la bandeja de plata, no en la de porcelana —dijo la coordinadora del evento, señalando con el dedo manchado de vino tinto.
Valentina asintió y ajustó la bandeja, sintiendo el peso de la mirada de la mujer. Llevaba cuatro horas de pie, con los pies doloridos dentro de los zapatos negros de medio tacón que su madre le había prestado. El vestido de mesera, almidonado y azul marino, le quedaba un poco grande, pero no importaba. Necesitaba el dinero. La renta del departamento había subido otra vez y su madre no podía trabajar más horas en la fábrica.
La mansión de los Delgado era un mundo aparte. Lámparas de cristal colgaban del techo como cascadas congeladas; los muebles parecían sacados de una revista de decoración que Valentina había hojeado una vez en el consultorio del dentista. Los invitados, vestidos de seda y lino, conversaban en grupos, con copas de champán que brillaban bajo la luz tenue.
Valentina recorrió el salón con la bandeja, ofreciendo canapés. Un hombre mayor, de pelo cano y sonrisa fácil, tomó uno sin mirarla. Otro, más joven, le dedicó un vistazo rápido y luego volvió a su conversación. Ella siguió caminando.
Fue entonces cuando lo vio.
Él estaba de espaldas, junto a la ventana que daba al jardín. Llevaba un traje gris oscuro, bien cortado, y sostenía una copa de agua con una rodaja de limón. Su postura era relajada, pero algo en la forma en que inclinaba la cabeza, como si escuchara una música lejana, la hizo detenerse un segundo.
Cuando él se giró, sus miradas se encontraron.
Los ojos de él eran color miel, intensos, y la miraron con una fijeza que la desarmó. Valentina sintió un calor extraño en el pecho, una mezcla de sorpresa y algo que no supo nombrar. Quiso apartar la mirada, pero no pudo.
—¿Eres nueva? —preguntó él, acercándose. Su voz era suave, sin el tono altivo que ella esperaba de alguien de su posición.
—Sí —respondió ella, y se odió por sonar tan tímida. Enderezó la espalda y añadió—: Llevo tres meses trabajando con la empresa de catering.
—Mateo Delgado —dijo él, extendiendo la mano.
Ella dudó un instante, luego posó su mano en la de él. Su piel era cálida, firme. —Valentina Rivas.
—Un placer, Valentina. —Él sonrió, y la sonrisa le iluminó el rostro, haciéndolo parecer más joven, más accesible. —¿Te gusta el trabajo?
—Es un trabajo —respondió ella, con un encogimiento de hombros. No quería sonar quejumbrosa, pero tampoco fingir que servir canapés en la casa de los ricos era su sueño.
Mateo rió, un sonido bajo y sincero. —Justo. Prefiero la honestidad a los cumplidos vacíos.
—Mateo, querido, ven, quiero presentarte al señor Gutiérrez. —La voz de una mujer, cortante y autoritaria, interrumpió el momento. Una señora mayor, con un vestido negro y un collar de perlas que debía costar más de lo que Valentina ganaba en un año, se acercó. Su mirada recorrió a Valentina de arriba abajo con una frialdad que helaba.
—Ahora voy, mamá —dijo Mateo, sin apartar los ojos de Valentina.
—Ahora —insistió la mujer, y posó una mano enguantada en el brazo de su hijo.
Mateo suspiró, casi imperceptiblemente, y se volvió hacia Valentina. —Fue un gusto conocerte, Valentina. Ojalá nos veamos de nuevo.
—Quizá —respondió ella, sin compromiso. Pero su corazón latía más rápido de lo que quería admitir.
Él se alejó, escoltado por su madre. Valentina lo siguió con la mirada un par de segundos, luego respiró hondo y volvió a su trabajo. La noche continuó. Los invitados comieron, bebieron, rieron. Valentina sirvió, recogió, sonrió cuando debía. Pero una parte de ella quedó atrapada en aquel momento, junto a la ventana, bajo la luz de la lámpara de cristal.
Cerca de la medianoche, cuando la fiesta comenzaba a disolverse, Valentina se retiró a la cocina para ayudar a empacar los utensilios. La coordinadora le indicó que podía irse. Recogió su bolso, un objeto gastado de cuero sintético, y se dirigió a la salida de servicio.
—Valentina.
La voz de Mateo la detuvo en el pasillo. Él estaba apoyado contra la pared, con las manos en los bolsillos del pantalón. —¿Te puedo llevar a casa?
Ella negó con la cabeza, sorprendida. —No, gracias. Tomo el autobús.
—Son casi las doce de la noche. No es seguro.
—Estoy acostumbrada.
—Por favor. —Él dio un paso adelante, y su mirada era sincera, casi suplicante. —Déjame hacer esto.
Valentina dudó. Algo en su interior le decía que aceptar era un error, que las distancias entre ellos eran demasiado grandes. Pero también había algo en los ojos de él, en su insistencia, que la conmovía.
—Está bien —dijo al fin, y él sonrió de nuevo.
Caminaron juntos hacia el garaje, donde un auto negro y elegante los esperaba. Mateo le abrió la puerta del copiloto. Valentina se deslizó en el asiento de cuero, que olía a nuevo, a riqueza, a algo que no le pertenecía.
—¿Dónde vives? —preguntó Mateo, al volante.
Ella le dio la dirección, un barrio humilde al otro lado de la ciudad. Él asintió y puso el auto en marcha.
El viaje fue corto, apenas veinte minutos. Hablaron de cosas triviales: la música que sonaba en la radio, el calor de la noche, las luces de la ciudad. Pero cada palabra, cada risa, tejía un hilo invisible entre ellos.
Cuando el auto se detuvo frente al edificio de Valentina, un bloque de concreto gris con ropa tendida en los balcones, ella sintió una punzada de vergüenza. Pero Mateo no pareció notarlo. Apagó el motor y la miró.
—Gracias por dejarme llevarte —dijo.
—Gracias a ti —respondió ella, y abrió la puerta.
—Valentina. —Él la llamó cuando ella ya tenía un pie fuera. —¿Puedo verte de nuevo?
Ella se volvió, el corazón latiéndole con fuerza. —No sé si es buena idea.
—Solo quiero conocerte. Sin bandejas, sin fiestas. Solo tú y yo.
Ella lo miró, buscando una trampa, un indicio de burla. Pero solo encontró sinceridad. —Está bien —dijo, casi sin aliento—. Dame tu número.
Él sonrió, sacó su teléfono y se lo dio. Ella marcó su número, sintiendo el peso del gesto. Luego devolvió el teléfono y salió del auto.
—Buenas noches, Valentina.
—Buenas noches, Mateo.
Cerró la puerta y caminó hacia la entrada del edificio. No se volvió a mirar, pero sintió su mirada en la espalda hasta que dobló la esquina del pasillo.
Subió las escaleras lentamente, con una sonrisa tonta en los labios. Su madre ya dormía. Valentina se dejó caer en su cama, todavía con el uniforme puesto, y cerró los ojos. La imagen de Mateo, su sonrisa, su voz, llenaban su mente.
Pero en la mansión de los Delgado, doña Isabel se sentó frente al tocador de su habitación y observó su reflejo en el espejo. Sus dedos, enjoyados, tamborilearon sobre la madera.
—Esa mesera —murmuró, con los labios apretados—. No voy a permitir que mi hijo se fije en una cualquiera.
Tomó su teléfono y marcó un número.
—Quiero que investiguen a una tal Valentina Rivas. Necesito saber todo sobre ella.
Colgó y, en la penumbra de su cuarto, sonrió. Una sonrisa fría, calculadora.
Valentina, ajena a todo, se quedó dormida soñando con los ojos color miel de Mateo Delgado.