AIBookCraft

Chapter 2

Episode 2nesitupink... Nesirūpino... Ne gelbėk...

Kodėl dieve apstu esu bet aš žmogiškumo vardu red cross. Negaliu numarinti to ką tu neįgali išgelbėti dėl menkų sąlygų galvoj idealizmo

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Las gafas de ámbar seguían en su estuche, a veces sobre la mesa de la cocina, a veces entre las manos de mi madre cuando ella se sentaba a coser en la luz mortecina de la lámpara. Yo las miraba y sabía que encerraban un mundo que no era el mío, un mundo donde los colores se volvían más dulces y las sombras más profundas. Pero aquel día no las necesité para ver lo que llegó.

Era un camión, blanco, con una cruz roja enorme pintada a los costados. Llegó una mañana de esas en que el cielo se niega a decidirse entre la lluvia y la claridad, y el polvo del camino se pegaba a los zapatos como una promesa de barro. Los vecinos se asomaron a las puertas, los niños corrimos detrás del vehículo hasta que se detuvo frente al edificio comunal, donde antes habían estado los escritorios vacíos de los que se fueron.

Del camión bajaron hombres y mujeres con uniformes impecables, demasiado limpios para nuestro mundo. Hablaban en otro idioma, pero sonreían, y eso bastó para que las madres salieran con los brazos abiertos. Traían leche en polvo, latas de carne, mantas, jabón. Cosas que nosotros ya no sabíamos nombrar sin que la boca se nos hiciera agua.

Mi madre me tomó de la mano y fuimos a la fila. No dijo nada, pero en su mano sentí el temblor que guardaba para las noches de vigilia. La fila avanzaba despacio, y yo miraba a los extranjeros con esa mezcla de miedo y curiosidad. Uno de ellos, un hombre alto de barba rojiza, se fijó en mí y me sonrió. Luego se agachó para darme una tableta de chocolate, envuelta en papel brillante. No supe si tomarla o no. Mi madre asintió apenas, y mi mano tembló al recibirla.

Esa noche, en la cocina, mi madre abrió la lata de carne que nos habían dado. El olor llenó la casa, pero ella no comió. Me miró mientras yo masticaba, y en sus ojos vi algo que no supe nombrar entonces. Algo como las grietas que aparecían en el vidrio de las gafas cuando se caían. Me dijo: “Todo tiene un precio, hija. Hasta lo que te dan gratis.”

No entendí. Pero al día siguiente, cuando el camión se fue, supe que algo había cambiado. La señora del segundo piso, la que perdiera a su hijo en la guerra, se quedó en su puerta mirando el polvo que se levantaba detrás del camión. No había ido a la fila. Dijo que no quería deber nada a nadie. Y yo, sin las gafas puestas, vi cómo las lágrimas le caían sin hacer ruido.

Más tarde, mi madre me sentó en sus piernas y me contó que aquellos hombres eran de una organización que se llamaba Cruz Roja. Dijo que ayudaban a los heridos, a los que tenían hambre, a los que habían perdido todo. “Pero nadie ayuda sin un motivo”, añadió, y su voz se volvió tan baja que casi no la oí. “A veces el motivo es solo saber que hiciste algo bueno. Otras veces, el motivo es más pesado que el silencio.”

Yo no sabía de motivos. Solo sabía que el chocolate había sabido a algo que no era de este mundo, a algo que antes de la guerra había sido normal y que ahora era un lujo imposible. Guardé el envoltorio doblado bajo mi almohada, como un talismán.

Por la noche, me puse las gafas de ámbar. Todo se volvió dorado, incluso las grietas en la pared, incluso el rostro cansado de mi madre. Vi el camión blanco de la Cruz Roja alejándose entre los árboles, y detrás, una niña que corría con una tableta de chocolate en la mano, tratando de alcanzarlo. Pero no pude saber si esa niña era yo o era otra.

El ámbar guarda insectos, hojas, burbujas de aire atrapadas hace siglos. Yo guardé aquel sabor a chocolate, el temblor de la mano de mi madre, la sonrisa del hombre de barba rojiza. Y supe, sin saber cómo, que hay deudas que no se pagan con monedas ni con lealtades, sino con la memoria de lo que fuimos, de lo que quisimos ser, y de lo que otros, con sus manos limpias, trataron de salvarnos de nosotros mismos.

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