Chapter 1
Capítulo 1
La protagonista describe su lucha diaria contra la depresión y la ansiedad, sostenida por el recuerdo del latido del corazón de su amor y su fe en Dios. Desde el insomnio hasta la angustia física, revela cómo su tristeza la ha atrapado y el miedo a sus propios pensamientos suicidas. El capítulo termina con su decisión de pedir ayuda.
Ella había olvidado cuándo fue la última vez que respiró sin que el aire se le atorara en la garganta. Cada mañana, al abrir los ojos, el peso del día caía sobre su pecho como una losa invisible. El corazón le latía con una frecuencia que no era de vida, sino de supervivencia: un tambor sordo que le recordaba que todavía estaba aquí, aunque a veces deseara no estarlo.
Se llamaba a sí misma «la mujer de las mil batallas», aunque en el fondo sabía que esas batallas no tenían nombre. Eran solo una sucesión de días iguales, donde lo bueno y lo malo se mezclaban en un mismo suspiro. A veces, su andar era suave, casi ligero, como si pudiera engañar al dolor. Otras veces, cada pisada retumbaba en el suelo, y ella sentía que el mundo entero escuchaba el eco de su tristeza.
Pero había algo que la sostenía. Un palpitar que no era solo el suyo. Durante meses, había llevado dentro de sí el latido de otro corazón: el de su amor, ese que la acompañaba incluso cuando la distancia física los separaba. Y más allá de eso, una razón más grande: Dios. Un Dios al que trataba de creer, aunque a veces le costara. Ella necesitaba dejar que Su mano la levantara, que en medio del caos, la tristeza pudiera ser solo un suspiro y no un abismo.
«Que mi dolor sea menos audaz», repetía en silencio, como una oración. «Que pueda respirar sin ahogarme, sin dificultad». Pero dormir era una batalla. Se acostaba con la esperanza de que el sueño llegara pronto, pero la mente no descansaba. Se despertaba en las madrugadas, el corazón latiendo acelerado, el cuerpo tenso. Buscaba la almohada y la abrazaba con fuerza, queriendo sentir un abrazo seguro que nadie en la madrugada podía dar. En esos momentos, el miedo se apoderaba de ella: «Volvió a pasar. ¿Mañana será igual?»
El amanecer no traía alivio. Levantarse era agotador, como si tuviera que arrastrar un cuerpo que no le pertenecía. Pero lo hacía. Salía, hacía su vida normal, sonreía. Se ponía un disfraz bien ajustado para disimular, para aparentar que no pasaba nada, cuando en realidad no podía más. «¿De esto se trata la vida?», se preguntaba. «¿Sentir dolor, tristeza y llorar? ¿Así se vive en este trascender y andar por la vida?»
Había pocas personas que conocían su situación. Y no sabían qué decir, cómo tratarla. Ella entendía, no los juzgaba. Era difícil tratar con alguien que llevaba tanta tristeza a cuestas. Por eso, a veces caía, se alejaba por un rato. Pero esta vez sentía que no había podido regresar. La tristeza la había atrapado, la había roto de nuevo por dentro. Algo se quebró fuertemente en su mente y en su alma. Ya no podía ayudarse a sí misma para salir de ese mal.
Lo había intentado por mucho tiempo hacerlo sola. Lo resumía en una sola cosa: le costaba respirar. Ya no era como los episodios anteriores. Esta vez se había quedado sumergida en una tristeza que no la soltaba. Lloraba constantemente, y lo que antes disfrutaba ahora se había vuelto un tormento.
Disfrutaba hacer dos cosas en medio del dolor y la ansiedad: cuidar a su hijo y comer. Antes podía sobrellevarlo. Pero ahora no se sentía segura. Cuando miraba a su hijo, sentía que le podía transmitir su tristeza, y él se merecía su lado feliz y seguro. Comer, que antes era un placer, ahora era un calvario: lloraba entre comidas, la garganta se le cerraba al tratar de tragar. Sentía malestar físico, cansancio, agotamiento. No tenía paz mental. Ella era de esas personas que sobrepiensan las cosas, ese era su gran mal.
Sabía que estaba muy mal. Tenía que confesarlo, al menos a sí misma. Lo sabía porque, en los momentos más oscuros, llegaban a su mente pensamientos de cómo acabar con todo. Había momentos en los que quería decidir hacerlo, terminar con el sufrimiento. Y sentía miedo de sí misma, miedo de que en un momento volviera a intentar acabar con su vida. Ya había estado al borde antes, pero esta vez el temor era distinto: temía que la tristeza la consumiera por completo, temía a su mente por sobrepensar, temía lograr hacer lo que por momentos deseaba y aún no se atrevía a intentar.
Acabar con su vida. Esa frase resonaba en su cabeza como un eco insistente. Pero hoy, en este preciso momento, se confesaba ante sí misma detrás de un escrito. Había decidido plasmar sus pensamientos. Tal vez eso la ayudara. O tal vez, si no lograba estar bien, alguien leería esto y podría entender por qué lo hizo, y tratar de no juzgarla. Tal vez podría pedir ayuda para salir de esto, para ser feliz, y algún día mirar atrás y decir: «Lo logré. Soy feliz ahora. Continúo con mi vida, segura y en paz.»
Pero eso era un futuro incierto. En el presente, solo estaba ella, su dolor y el tic-tac del reloj que marcaba los segundos de otra noche que se avecinaba. Se levantó de la cama con esfuerzo y caminó hacia la ventana. Afuera, la ciudad aún despierta respiraba a su propio ritmo. Ella apoyó la frente contra el vidrio frío y cerró los ojos. Sintió el latido de su corazón, débil pero constante. Y detrás de ese latido, el de su amor, que la había sostenido durante meses. Y más allá, la mano de Dios, que ella trataba de sentir aunque a veces le pareciera una sombra.
«Sostenida por el timbre de tu corazón», murmuró. Y en ese susurro, algo se movió dentro de ella. Tal vez era solo el deseo de creer, tal vez una chispa de esperanza. Abrió los ojos y vio su reflejo en el vidrio. No se reconoció. La mujer que la miraba tenía los ojos hundidos y la mirada perdida. Pero detrás de esa imagen, ella sabía que aún había algo más. Algo que luchaba por salir.
La noche cayó sobre ella, y se preparó para otra batalla. Pero esta vez, cuando se acostó, no abrazó la almohada con desesperación. En lugar de eso, puso la mano sobre su pecho, sintió su propio latido, y luego cerró los ojos y se aferró a la única oración que le quedaba: «Señor, ayúdame. No puedo sola.»
Esa noche, el sueño no llegó, pero sí una certeza: mañana buscaría ayuda. Por su hijo, por su amor, por ese Dios al que aún quería creer. Y aunque el camino parecía imposible, por primera vez en mucho tiempo, dio un paso hacia la luz.