Durante la tarde, Elara apenas podía concentrarse. Ordenó algunos libros, barrió el polvo de los rincones y repasó el catálogo antiguo que Mateo quería revisar, pero todo le parecía envuelto en una niebla cálida e inquieta. Los ecos de la charla nocturna, las miradas sostenidas, el suave roce de sus voces en la penumbra, todo regresaba una y otra vez. Tocaba el respaldo de la silla donde él se sentó, encontrando en ese gesto algo que la hacía sonreír en secreto.
Afuera, la lluvia se había detenido, aunque el aire seguía impregnado de humedad. La luz tamizada de la tarde caía sobre el escaparate, y en la calle desierta sólo se oía el lejano aletear de una bandada de gorriones. Elara se obligó a respirar hondo, a centrarse. Revisó el reloj de pared. Las agujas parecían haberse confabulado para moverse más despacio.
De pronto, un leve tintineo en la campanilla de la puerta la sobresaltó. El corazón se le aceleró sin remedio. Mateo entró, llevando aún el chaquetón oscuro y el cabello revuelto por el viento. Llevaba bajo el brazo una libreta de tapas gastadas. Apenas cruzaron las miradas, algo invisible y reconocible flotó en el aire entre ambos, como una corriente eléctrica silente.
—Parece que la tormenta nos ha dado tregua —dijo él, sonriendo apenas.
—Hoy la librería está para nosotros solos —replicó ella, con voz mucho más firme de lo que sentía en realidad.
Mateo cerró despacio la puerta, despojándose del chaquetón y dejándolo sobre el perchero. Había un silencio expectante en el ambiente, y por primera vez Elara sintió el peso de la intimidad, de lo que podría pasar o decirse en las siguientes horas. ¿Qué los aguardaba realmente entre esas paredes cargadas de historias?
—He traído mi libreta —dijo él, levantándola—. Pensé que podríamos buscar juntos alguna pista sobre el libro perdido. Si no te incomoda.
—No me incomoda —respondió ella, con una media sonrisa—. Me gusta la idea de compartir el misterio.
Se sentaron uno al lado del otro, frente al catálogo abierto sobre la mesa. Las manos de Mateo rozaron las de Elara al pasar las páginas. El contacto, aunque breve, fue suficiente para encender una chispa que ninguno pudo ignorar. Sus respiraciones se acompasaron sin buscarlo, y de pronto, los libros dejaron de ser lo más importante.
Mateo la observó en silencio. Había una pregunta sin pronunciar en sus ojos, una invitación tímida a derribar las últimas barreras. Elara sintió el impulso de apoyarse en su hombro, de rendirse a la calidez de ese instante. Pero también, en lo más profundo, percibió el temor a lo desconocido, a lo que podía surgir si se atrevían a cruzar esa línea.
La tarde avanzó. Entre risas y confesiones, el ambiente se volvió cada vez más cargado. Elara se dio cuenta de que apenas podía recordar la última vez que se sintió así: viva, expectante, llena de deseos que apenas se atrevía a nombrar. Un trueno lejano retumbó, rematando el silencio. Mateo dejó la libreta sobre la mesa, y sin apartar la mirada de ella, tomó su mano con suavidad. Sus dedos se entrelazaron, cálidos y decididos. Nadie habló. Sus rostros estaban tan cerca que Elara podía sentir el aliento de Mateo, la fragancia a bosque y café que traía en la piel.
Afuera, la lluvia volvió a arremeter contra los cristales, como si el mundo quisiera resguardarlos en un paréntesis sólo para ellos. Las respiraciones se volvieron un susurro compartido, y en ese instante, todo lo demás dejó de existir. Las palabras quedaron suspendidas entre ambos, justo antes de que sus labios pudieran encontrarse por primera vez.