El motor de la furgoneta rugió apagándose en la estrecha acera. El aire de Las Encinas olía a invierno y a pan. Thalia no bajó de inmediato, observando a través del cristal empañado la hilera de edificios calcados, el tedio pintado en las fachadas beige. Su padre cargaba ya una caja y su madre discutía algo con el portero, pero Thalia sentía cada músculo atado. Afuera, unos chicos fumaban sentados en el capó de un coche viejo, reían fuerte, ajenos a toda mudanza. Uno de ellos, de pelo rubio y desordenado, la miró directo, sin vergüenza.
La voz de su madre la arrancó de su burbuja. —Thalia, por favor, baja ya. —El tono era el de siempre, templado pero inflexible.
Con las piernas de plomo, bajó por fin. El frío le mordió la piel y de inmediato abrazó la chaqueta contra el pecho. Los chicos seguían allí, la observaban como animales curiosos ante una especie nueva. Su padre desapareció en el portal cargando la caja: “Ropa invierno” escrito en azul. Thalia suspiró.
Entró al edificio. El ascensor era viejo, su reflejo difuso en el acero gastado. Subió hasta el tercer piso, temblando más por la ansiedad que por el frío. Cada paso resonaba hueco en el pasillo largo. El número 305. Su nueva casa. Su madre ya había abierto la puerta y le hacía señas. Paredes desnudas, cajas apiladas, y la luz gris colándose por la ventana. Silencio, salvo por el eco distante de una carcajada en el edificio de enfrente.
Se dejó caer sobre la cama, sin fuerzas. De pronto, un grito. Parpadeó, intentando ubicarse. Desde la ventana, se veía el patio interior, donde un grupo de chicos—los mismos del coche—se empujaban y reían junto a una moto negra. En el centro, una chica de cabello corto y oscuro, cazadora de cuero, se subió a la moto. Las ruedas chillaron al girar. Ella aceleró, la moto vibró bajo su cuerpo, y dio vueltas en círculo mientras los demás aplaudían y animaban. La chica se quitó el casco, revelando unos ojos claros y una sonrisa insolente. Gritó algo en francés y todos rieron aún más fuerte.
La madre de Thalia entró sin tocar. —Cielo, ¿has visto la cocina? Necesito ayuda para desembalar los platos.—
Thalia apenas asintió. Por la ventana, la chica de la moto la miró fugazmente, como si supiera que alguien la observaba. Por un instante, sus ojos se cruzaron. Un relámpago, una pregunta sin respuesta. Noah Blanc Laurent, pensó sin saber cómo lo supo. El corazón le retumbó en el pecho. Todo lo que había conocido se sentía irremediablemente lejos.
Al cerrar la cortina, la sensación persistía: un vértigo extraño, como si hubiera saltado sin red. Afuera, el rugido de la moto se apagó. El silencio que siguió fue tan denso que apenas pudo respirar. Algo acababa de cambiar, aunque aún no supiera qué.
Un golpe sonó en la puerta de entrada. Fuerte, tres veces. Thalia y su madre se miraron, inquietas. En el umbral, una silueta se recortaba bajo la luz del pasillo. El reloj de la sala marcaba las 19:00, y el día parecía haberse oscurecido de golpe.