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Historia interactiva

Mina y el Reino de las Siestas Perdidas

Mina no era una gata cualquiera. Era una gata pequeña, de bigotes serios y mirada de quien lo sabe todo, que vivía en Alcantarilla pero estaba convencida de que su casa era solo una sucursal de su verdadero reino. Todos los días a las 3…

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…Un mal sueño. Pero no como los otros. Este era más grande, más oscuro, y olía a miedo rancio. Mina saltó de la cama, aterrizó en el suelo con las uñas fuera, y emitió un siseo bajo, un aviso. La sombra se detuvo. Por un instante, todo quedó en silencio. Entonces, la sombra giró hacia ella, y Mina vio que tenía ojos. Dos puntitos rojos que parpadeaban lentos, como ascuas. —Este sueño es mío —dijo la sombra con una voz que no era voz, sino un susurro dentro de la cabeza de Mina. Mina arqueó el lomo. Su ronroneo se apagó. Algo había cambiado en su reino. Y por primera vez desde que tenía memoria, sintió que no bastaría con una patita en el pie.

Mina plantó las patas firmes sobre el suelo, la cola erizada y el corazón latiéndole tan fuerte que le vibraban los bigotes. La sombra, oscura y espesa como humo de carbón, se hinchaba con cada respiro de su humano dormido, intentando colarse en sus sueños con la paciencia de las cosas que han esperado demasiado tiempo.

—Vuelve a tu rincón —gruñó Mina en su idioma secreto, ese que solo hablan las reinas entre reinas. La sombra se rió, un sonido hueco que hizo temblar la lámpara apagada.

—No hay rincón para mí —susurró la sombra, estirando otra vez su brazo vaporoso. Los dos puntitos rojos se clavaban en Mina, estudiándola, midiendo su valor.

Mina sintió un tirón extraño, como si algo le susurrara que diera media vuelta y se escondiera bajo la cama. Pero no era una gata cualquiera. Dio un paso al frente, las garras al descubierto, y bufó con tanta fuerza que el aire se estremeció.

La sombra retrocedió apenas, pero de inmediato recuperó terreno, deslizándose a lo largo de la cabecera. A su paso, las motas de polvo flotaron como luces diminutas. El humano murmuró algo entre sueños y se dio vuelta, pero nunca despertó del todo.

Mina sabía que tenía que protegerlo. Saltó al colchón de un brinco ágil y se interpuso entre la sombra y la frente de su humano. Sentía el aire helado a su alrededor, el olor a miedo subiendo como neblina desde el suelo. La sombra siseó, mostrando apenas una silueta de sonrisa torcida.

—Eres valiente, gata —susurró—, pero este no es tu combate.

Mina alzó la cabeza con dignidad. Las palabras de la sombra no entraban en sus orejas: se colaban directo al corazón, donde las dudas se enredan como ovillos de lana. Si cedo un paso, el reino se pierde. Movió la cola en señal de desafío, sin apartar la mirada de aquellos ojos rojos.

La sombra se lanzó, rápida como un parpadeo. Mina saltó hacia ella, emitiendo un maullido que era toda una alarma de guerra. Sus patas chocaron contra el aire frío, resistiendo la tentación de retroceder. La sombra se curvó, casi sólida bajo el impacto de la reina pequeña. Por un momento, todo el cuarto pareció doblarse sobre sí mismo, como si estuvieran dentro de una pesadilla compartida.

Mina vio destellos de otros sueños: campos torcidos, relojes sin agujas, puertas sin paredes. La sombra intentó envolverla, cubrirla como una manta pesada. Pero Mina recordó el calor del regazo de su humano, el olor a libro viejo, el sonido del desayuno cayendo en su plato. Ese era su ancla, y la usó para impulsarse de vuelta al presente.

Cayó de pie sobre la almohada, las garras marcando el territorio. La sombra retrocedió, pero dejó una estela de susurros en el aire. El humano gimió, la frente perlada de sudor. Mina sabía que solo tenía un instante antes de que la sombra regresara más fuerte.

Alzó la vista hacia la ventana. Afuera, el Reino de las Siestas Perdidas esperaba, invisible para los ojos humanos. Allí, entre reflejos y sombras, Mina podía llamar a aliados que solo existen mientras dura el sueño. Allí podía buscar la fuerza de las reinas pasadas.

Pero, si abandonaba el puesto para buscar ayuda, tal vez la sombra podría apoderarse de su humano. Si atacaba de frente, arriesgaba quedar atrapada en la corriente de pesadillas. Y si intentaba expulsar la sombra con un truco de gata —un ronroneo agudo, una danza en círculo—, tal vez podría proteger la noche, pero no sabría si bastaría para siempre.

La sombra se estiró de nuevo, los ojos rojos titilando como faros en la niebla.

Mina sintió que todo dependía de lo que hiciera en ese preciso momento. El destino del reino y de su humano pendía de un hilo de bigotes.

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