El aroma del café recién hecho flotaba en la cocina, llenando el aire de una normalidad que Alex sentía lejana. Sofía le daba la espalda, tarareando mientras servía dos tazas. En la encimera, la bolsa de pan aguardaba como una promesa de rutina, pero él solo podía pensar en la llave. La sentía arder en el bolsillo del pantalón, inquietante y ajena.
Sofía se giró, le ofreció la taza con una sonrisa tenue. Sus dedos rozaron los de él, y por un instante Alex se aferró a esa calidez. Pero el roce fue breve y Sofía se distrajo con el móvil, revisando mensajes. Alex aprovechó para fijarse en la inscripción otra vez, cubriéndola discretamente con la palma.
Las coordenadas seguían allí, claras, desafiantes. El lugar: el edificio imponente de la avenida principal, donde pasaba ocho horas al día, archivando papeles y fingiendo normalidad. ¿Por qué una llave a ese lugar aparecería de la nada, en su propia chaqueta?
Tragó un sorbo de café, amargo y real. Tenía que saberlo. No podía ignorar esa punzada de inquietud en la base del cráneo, ese presentimiento de que algo lo observaba desde el otro lado de su reflejo.
Sofía apagó el móvil y lo miró de reojo. "¿Seguro que todo va bien? Estás raro desde anoche."
Alex intentó sonreír, como siempre que la mentira era más fácil que la verdad. "Sólo no dormí bien. Pesadillas."
Ella se acercó para besarlo en la mejilla, pero esta vez el contacto se alargó; la mano de Sofía rodeó su nuca y los labios rozaron los suyos, suaves, cálidos. Alex cerró los ojos y por un instante se dejó llevar por el perfume de su piel, la presión de su cuerpo contra el suyo. Hubo ternura, sí, pero también una chispa de algo más profundo, más urgente.
En el silencio que siguió, Sofía apoyó la frente en su hombro. "Si necesitas hablar… estoy aquí. Lo sabes, ¿verdad?"
Alex asintió. Pero no pudo responder. Había un abismo entre lo que sentía y lo que podía decirle. ¿Cómo explicarle que no estaba seguro de ser quien creía ser?
En ese instante, el móvil de Sofía vibró. Ella se apartó con un suspiro y leyó en la pantalla. "Tengo que irme. Se adelantó la reunión de las diez. ¿Estarás bien solo?"
Alex murmuró que sí. Sofía le besó la mejilla una última vez y salió casi corriendo. Cuando la puerta se cerró tras ella, el silencio se espesó. Alex sacó la llave del bolsillo y la sostuvo bajo la luz, tembloroso.
Tenía que averiguar la verdad. Tenía que ir a ese edificio, buscar la cerradura que correspondía. Pero, ¿y si descubría algo que no podía manejar?
Miró su reflejo en el microondas. Los ojos le devolvieron la mirada, claros, pero desconocidos. ¿Quién eres realmente? El temblor en las manos se hizo más intenso.
De pronto, el teléfono fijo sonó, haciendo que la llave cayera al suelo. Alex la recogió rápido, con el corazón latiendo desbocado. Miró la pantalla. Número oculto.
La llamada seguía, insistente, llenando la cocina de un sonido frío, urgente. Afuera, el sol apenas asomaba entre las nubes. Dentro, Alex sentía que el día apenas comenzaba y ya era tarde para dar marcha atrás.
Con la llave en la palma sudorosa y el teléfono sonando, supo que, fuera lo que fuera lo que estaba en juego, su vida nunca volvería a ser igual.