El murmullo suave del café se mezcla con el sonido de la máquina de espresso y el leve tintinear de tazas. Sofía mira el menú, aunque en realidad no está leyendo nada: la melodía que Lucas improvisa, apenas una escala juguetona en el saxofón, parece dirigir su atención hacia él como si cada nota fuera una invitación personal.
Mateo carraspea y llama a la camarera, abriéndose paso a través del aire espeso de música y risas. —¿Vas a pedir algo o vas a dejar que las musas te distraigan? —bromea, aunque sus ojos vigilan la interacción entre Sofía y el músico.
—Un café con leche —responde Sofía, sin apartar la vista de Lucas—. ¿Y tú?
—Lo de siempre. Y una porción de pizza, por favor —dice Mateo a la camarera, que sonríe y se aleja, acostumbrada ya a sus pedidos habituales.
Lucas deja el saxofón por un momento y se acerca a la mesa, secándose las manos en un pañuelo negro. —Así que flores y jazz en la misma tarde, eh. Tiene cierto encanto —dice, inclinándose levemente hacia ellos. Sofía nota la cercanía y un calor inesperado le sube a las mejillas.
—¿Te gustan las flores? —pregunta Sofía, improvisando. Mateo se remueve en la silla, tomando su taza como si fuera un escudo.
—Me gustan los lirios —responde Lucas, guiñando un ojo—. Pero solo cuando no soy yo quien tiene que podarlos. Prefiero improvisar con música, no con tijeras.
Ríen, y por un instante la tensión se vuelve ligera, como si en ese café el tiempo pudiera estirarse, permitirles un respiro del caos cotidiano. El saxofonista vuelve al escenario, pero antes de irse se inclina y, en voz baja, le dice a Sofía:
—Dedicaré la próxima canción. Escucha bien la melodía.
Mientras Lucas toca, los ojos de Sofía no pueden evitar buscarlo entre las notas, cada movimiento suyo parece responder a la energía que brota de la mesa. Mateo finge revisar el móvil, pero sus dedos tiemblan levemente. El café llega, el aroma cálido ayuda a centrar la conversación. Sofía da un sorbo, pero en su pecho, el ritmo del saxofón hace eco.
—No lo mires tanto —dice Mateo en voz baja, medio bromeando, medio sincero. Pero la sonrisa de Sofía es imparable.
—Ay, Mateo. Solo es música —responde ella, aunque ambos saben que es algo más. El aire parece vibrar con cada nota, y cuando Lucas termina la melodía, sus ojos vuelven a buscar a Sofía. El público aplaude, pero por un segundo parece que sólo existen ellos tres en todo el café.
En ese instante, la puerta del local se abre de golpe y entra la señora Gutiérrez, envuelta en bufanda y con su inseparable bolso. Sostiene en alto una tarjeta de pedido, el rostro lleno de una indignación teatral.
—¡Sofía! ¡Dijiste que no mezclarías las tarjetas! ¡Mira lo que encontré en mi ramo!
Todos los ojos se vuelven hacia la mesa. Lucas detiene su música, intrigado. Sofía siente el calor subiéndole al rostro, mientras Mateo soltaba un suspiro exasperado. La tensión cambia de tono, pero no desaparece: ahora es la risa contenida, el caos al borde del estallido, el vértigo de la próxima palabra.
Y Lucas, apoyado en el escenario, sonríe de nuevo, esperando ver cómo resolverán el embrollo.