Ana apenas podía moverse. Sus rodillas temblaban tanto que el simple hecho de apoyarse contra el tronco la mantenía en pie. El olor a tierra húmeda, mezclado con el hierro de la sangre flotando en el aire, hacía que cada inspiración le ardiera en los pulmones. Carlos se dejaba caer a su lado, cubriéndose la boca con ambas manos para no sollozar en voz alta.
Miraron juntos cómo el autobús se perdía por el camino, cada vez más pequeño, tragado por la bruma que empezaba a levantarse de los campos. Ana apretó los dientes, la garganta cerrada por el terror y la impotencia. Sabía que ahí dentro, quizá, aún quedaban compañeros… ¿o todos estaban muertos? Sentía la piel de gallina, la mente nublada, incapaz de entender cómo aquel paisaje tan normal podía haberse convertido en una pesadilla.
Carlos respiraba de forma entrecortada. De vez en cuando, miraba hacia atrás, hacia donde habían corrido. No había señales del hombre de la máscara, ni de nadie más. Solo el murmullo tembloroso del viento entre las hojas y el canto distante de algún pájaro ajeno al horror sucedido.
—¿Crees… crees que volverá? —Balbuceó Carlos, con un hilo de voz.
Ana negó con la cabeza, aunque no estaba segura de nada. Cada rama crujiente, cada sombra moviéndose, la hacía encogerse de miedo. Entonces, recordó a Marta, a Iván, a los demás. ¿Habrían logrado escapar? ¿Estarían en peligro, heridos, ocultos en otras partes del campo?
—Tenemos que buscar ayuda —susurró Ana, aunque ni siquiera sabía en qué dirección quedaba la carretera principal. El campo era vasto, cubierto de maleza, y más allá asomaban las siluetas irregulares de una zona boscosa. No tenían agua, ni abrigo, ni sus mochilas. Solo la ropa manchada y la desesperación.
Un chillido rasgó el aire a lo lejos, agudo pero breve. Ana sintió que el corazón le saltaba al pecho. Carlos se encogió, mirando alrededor como un animal acorralado. Había algo allá fuera. Tal vez otros sobrevivientes… o tal vez el hombre de la máscara había regresado.
Ana se limpió las lágrimas de la mejilla. Cada segundo que pasaba sentía la urgencia de moverse; quedarse quietos era peligroso. Si aquel monstruo regresaba, los encontraría fácilmente. Pero si salían a campo abierto, podrían ser vistos desde lejos. El sol estaba en lo alto, impiadoso.
De repente, sintió un movimiento tras su espalda. Una rama se partió. Ana y Carlos se miraron, la respiración suspendida. Había alguien ahí. Unos pasos lentos se acercaron, crujientes entre las hojas secas. Ana no podía ver quién era, solo una sombra moviéndose entre los árboles. El miedo le atenazó la garganta.
—Ana… —susurró Carlos, con los ojos desorbitados—. ¿Lo ves…?
La sombra se detuvo. Por un instante, Ana pensó que el corazón se le detendría. Entonces, un susurro débil, casi inaudible, emergió del bosque:
—¿Hay… alguien ahí? Ayuda…
Era una voz conocida. Sonaba como la de Marta, temblorosa, a punto de quebrarse. Ana sintió una ráfaga de esperanza mezclada con terror. No sabían si era una trampa o si de verdad era su amiga. La sombra seguía ahí, inmóvil, esperando una respuesta.
El silencio volvió a caer, tenso, solo roto por los jadeos de Carlos y Ana. La decisión se acercaba como una tormenta: moverse podría salvarlos… o condenarlos.