Renata despertó antes del amanecer, la luz aún débil filtrándose por las cortinas. Emiliano seguía dormido, ajeno al torbellino que había invadido su mente. Durante toda la noche, Renata había repasado cada detalle, cada mensaje, cada mirada esquiva. Ahora, sus dudas se habían convertido en una decisión firme. Hoy iba a descubrir toda la verdad.
Se levantó con cuidado para no despertar a Emiliano, se vistió y salió del dormitorio. En la cocina, preparó café mientras sus pensamientos giraban en círculos. El sonido del café burbujeando era casi tranquilizador, pero no podía apartar la imagen del mensaje de Arantza. Hoy fue increíble. No puedo dejar de pensar en ti. Las palabras seguían resonando en su cabeza.
Después de un rato, Emiliano apareció en la puerta, refregándose los ojos. —¿Ya te levantaste? —preguntó, con voz somnolienta.
—Hoy tengo mucho que hacer —respondió Renata, manteniendo la compostura. —Saldré temprano para aprovechar el día.
Emiliano asintió, sin sospechar nada. Se dirigió al baño y luego volvió a desayunar en silencio. Cada gesto, cada mirada, parecía tener otra intención, pero Renata se obligó a actuar con naturalidad. Terminó de arreglarse, tomó su bolso y salió de casa, saludando con un beso rápido. El aroma de él quedó impregnado en su piel, pero ahora le resultaba extraño, casi ajeno.
En vez de dirigirse al trabajo, Renata esperó unos minutos sentada en el coche, observando el edificio. Sabía que Emiliano solía salir alrededor del mediodía, y ese sería su momento. Revisó su teléfono, vio la lista de mensajes sin responder y la foto de Emiliano que le había enviado días atrás. Todo le parecía cargado de una doble realidad.
A las once, Renata vio a Emiliano salir del portal. Él llevaba su mochila y una carpeta de dibujos bajo el brazo, justo como había dicho. Sin embargo, en lugar de tomar el rumbo habitual hacia su estudio, Emiliano tomó otra dirección, caminando con paso acelerado hacia una cafetería en la esquina.
Renata lo siguió manteniendo la distancia, cuidando cada paso. El corazón le latía fuerte, la adrenalina nublando la razón. Cuando Emiliano entró a la cafetería, Renata se acercó al ventanal, buscando entre los rostros. Allí estaba Arantza: joven, cabello oscuro, sonrisa amplia. Emiliano se sentó frente a ella, y la conversación parecía animada, cargada de una complicidad que Renata nunca había visto en él.
Desde la acera, Renata no podía escuchar, pero sí ver. Arantza tocaba la mano de Emiliano, él sonreía nervioso, y después ambos se inclinaban hacia adelante, como si el mundo exterior no existiera. Había algo eléctrico en el aire, un magnetismo palpable.
Renata sintió una punzada en el pecho. Se debatía entre el impulso de entrar y confrontar, o esperar y observar hasta tener pruebas claras. El café en su mano temblaba, y el sol del mediodía iluminaba la escena con una crueldad transparente.
De repente, vio cómo Emiliano y Arantza se levantaban y salían juntos, caminando hacia el parque cercano. Renata los siguió, cada vez más cerca, escondiéndose tras los árboles.
En el parque, Emiliano tomó a Arantza de la cintura y la abrazó. Sus rostros se acercaron, y en un instante, sus labios se encontraron en un beso lento y prolongado. Renata sintió que el mundo se detenía, como si el aire se hubiera vuelto espeso y difícil de respirar. Los sentimientos se mezclaban: rabia, tristeza, y ese dolor profundo que solo provoca una traición.
Justo en ese momento, Arantza se alejó un poco y miró a Emiliano con una ternura inesperada. Sus palabras no llegaban a los oídos de Renata, pero la expresión lo decía todo.
Renata se quedó inmóvil, atrapada entre la sombra de los árboles y el brillo del mediodía, a punto de decidir su próximo paso, el pulso acelerado, la emoción vibrando en su piel.