El despertador sonó antes de que la luz entrara por las cortinas. Ronald lo detuvo de un manotazo y permaneció un momento inmóvil, escuchando el rumor lejano de la ciudad que despertaba. Había dormido poco, con la mente girando en torno a la cita. El nombre de Isabella, su sonrisa en la penumbra, la promesa de un encuentro distinto a cualquier otro.
Se duchó rápido, repasando mentalmente todo lo que quería decir. No era su costumbre preparar sus palabras fuera del micrófono, pero esta vez la voz le temblaba incluso antes de hablar. Al vestirse, eligió una camisa azul clara—la menos arrugada—y el saco que usaba solo para ocasiones especiales. Dudó un instante frente al espejo. Estaba más ojeroso que de costumbre, pero en sus ojos brillaba algo nuevo, una inquietud que desmentía la fatiga.
Guardó la tarjeta de Isabella en la billetera. El simple roce del cartón era una promesa y un recordatorio: hoy tenía que atreverse. Salió del apartamento, bajó los escalones del edificio y cruzó la ciudad rumbo al Malecón. El aire de la mañana era húmedo y olía a pan tostado y a palabras sin pronunciar.
La galería era un espacio pequeño, con paredes blancas cubiertas de cuadros y fotografías. Grandes ventanales dejaban pasar la luz del río y de la calle. Isabella ya estaba ahí, sentada en la mesa más próxima al vidrio. Llevaba el cabello suelto, una bufanda color verde y la mirada absorta en una libreta de dibujo. Al verlo entrar, levantó la cabeza y sonrió. Ronald sintió que el mundo se detenía un momento, suspendido entre esa sonrisa y el deseo de descubrir lo que había detrás.
—Llegaste temprano —dijo ella, señalando la silla frente a la suya.
—No podía dormir —contestó Ronald, sentándose—. Supongo que tenía mucho en que pensar.
Isabella acomodó su cámara sobre la mesa, junto a dos tazas de café humeante. El vapor se enroscaba entre los dos como una invitación.
—Cuéntame —dijo—. ¿Por qué haces radio? ¿Por qué eliges contar historias que los demás prefieren callar?
Ronald se sorprendió de la pregunta directa. Abrió la boca, tanteando respuestas: por necesidad, por costumbre, porque a veces la voz es lo único que queda. Pero algo en la forma en que Isabella lo miraba—sin parpadeos, sin miedo—le hizo querer ir más allá de lo habitual.
—Porque hay cosas que pesan menos cuando alguien las escucha —dijo al fin—. Porque cuando hablo, siento que existo de otra manera. Menos solo, tal vez. Más real.
Isabella lo observó unos segundos, como quien calibra una fotografía antes de apretar el obturador. Sonrió apenas, y bajó la mirada a su libreta. Sus dedos garabatearon una línea curva, sin mirar el papel.
—¿Y qué es lo que no has contado? —susurró—. ¿Qué guardas para ti, Ronald? ¿De qué tienes miedo?
El mundo fuera de la galería parecía desvanecerse. Ronald sintió el pulso en las sienes, la urgencia de decir algo verdadero. Las palabras le quemaban la lengua. Pensó en su infancia, en los días largos de silencio y en la vez que casi perdió la voz después de una pelea. Pensó en sus fracasos, en cada vez que tuvo que empezar desde cero, y en su miedo a que, al fin y al cabo, su historia no fuera suficiente.
Pero antes de que pudiera responder, Isabella se acercó un poco más sobre la mesa. Sus manos estaban a pocos centímetros de las suyas.
—No tienes que decirlo si no quieres —murmuró—. A veces, basta con estar aquí.
El bullicio de la galería se desdibujó. Entre ellos se tejió un silencio denso, cargado de todo lo que no se había dicho aún. Ronald sintió, por primera vez en mucho tiempo, el impulso de tomar la mano de alguien. Pero el miedo y la esperanza lucharon bajo su piel, indecisos. Isabella, con la cabeza ladeada y la respiración leve, esperaba, como si supiera que algo importante estaba a punto de suceder.
En ese instante, la puerta de la galería se abrió de golpe. Un hombre moreno, de barba incipiente y ojos inquietos, entró buscando con la mirada hasta posarse sobre Isabella. Sin saludar, se acercó y la llamó por su nombre en voz baja, pero firme. Isabella se sobresaltó, y Ronald sintió cómo el momento entre ellos se rompía como el cristal.
El hombre miró a Ronald con recelo, luego a Isabella, y clavó las manos en los bolsillos de su chaqueta de cuero.
—¿Interrumpo algo? —preguntó, sin apartar la vista de Isabella.
El aire se cargó de tensión. Ronald supo que, para que esta historia avanzara, tendría que tomar una decisión en ese mismo instante.