Elena miró la hora una vez más, sintiendo que la aguja del reloj avanzaba demasiado lento. Se había puesto su vestido azul pálido, el que apenas usaba, y recogido el cabello en una trenza suelta que caía sobre su hombro. Quería verse sencilla, pero especial. Sus dedos jugueteaban nerviosos con una ramita de lavanda mientras repasaba mentalmente las palabras que podría decirle a Mateo.
El sol derramaba una luz cálida a través de los cristales de la tienda, tiñendo de oro los estantes repletos de flores. Elena comprobó de nuevo que la caja estuviera bien cerrada y que el cartel de “cerrado” colgara en la puerta. No quería interrupciones.
Unos minutos antes de la hora acordada, la campanilla tintineó suavemente. Mateo entró, vestido con una chaqueta sencilla y el diario bajo el brazo. Tenía el cabello algo despeinado y la expresión expectante. Sus ojos buscaron a Elena en cuanto cruzó el umbral, y una sonrisa se le dibujó en el rostro al encontrarla.
—Hola —saludó él, con una voz cálida pero un poco nerviosa.
—Hola, Mateo. ¿Llegué muy puntual? —preguntó, intentando sonar relajada, pero su corazón latía rápido.
Él se encogió de hombros y dejó escapar una pequeña risa.
—No, para nada. Me alegra poder verte antes de que la ciudad despierte del todo —respondió, y de inmediato la atmósfera pareció volverse más íntima, como si el tiempo se hubiera detenido en el pequeño universo de la tienda.
Salieron juntos, caminando lado a lado hasta la cafetería de la esquina. El camino era corto, pero cada paso parecía cargar de una tensión delicada e irrepetible. Elena sentía la electricidad en el leve roce de sus brazos, el silencio cómodo entre los dos. Al llegar, eligieron una mesa junto a la ventana. La luz de la mañana caía sobre sus rostros, y cada palabra se sentía más cercana, más verdadera.
Mateo pidió un café solo, y Elena eligió un té verde. Al principio hablaron de trivialidades: del clima, de la costumbre de la ciudad de llenar las calles de flores en primavera. Pero pronto la conversación giró hacia la flor de loto azul.
—¿Cómo la conseguiste? —preguntó él, mirándola con atención genuina.
Elena sintió que el aire se le atascaba en la garganta. No podía decirle la verdad—no todavía—, pero tampoco quería mentirle descaradamente. Buscó en sus palabras una salida.
—Tengo un pequeño invernadero detrás de la tienda —explicó—. A veces me gusta experimentar con semillas poco comunes. La naturaleza siempre sorprende, ¿no crees?
Mateo sonrió, como si aceptara la respuesta sin dudar, pero sus ojos se detuvieron en los de ella, buscando algo más. Hubo un momento de silencio, y entonces él, con voz suave, preguntó:
—¿Puedo contarte por qué necesitaba esa flor?
Elena asintió, sintiendo que el mundo a su alrededor se desvanecía. Mateo bajó la mirada y, tras una pausa, la levantó de nuevo. Su voz tembló apenas perceptiblemente.
—Era para mi hermana. Ella… está luchando contra una enfermedad difícil. Siempre decía que quería ver una flor imposible, una que no existiera en nuestro mundo. Quería regalarle esperanza, aunque fuera en forma de una sola flor.
Elena sintió un nudo en el pecho. Ahora entendía la urgencia y el brillo extraño en los ojos de Mateo. El silencio entre ambos era denso, cargado de una nueva compasión, y algo más profundo e indecible.
Mateo se inclinó un poco hacia ella, como si buscara apoyo en su cercanía. Los dedos de Elena temblaron sobre la taza. El deseo de contarle su secreto, de compartir su don, fue casi abrumador, pero también el miedo. Si lo hacía, ¿cambiaría todo?
En ese instante, un rayo de luz iluminó la mesa y sus miradas se encontraron. El momento estaba a punto de romperse, y Elena sintió que debía decidir: seguir guardando su secreto, o dejar que algo floreciera entre los dos, tan frágil y hermoso como una flor imposible.