La noche envolvía la casa como un manto húmedo, y el silencio era absoluto, roto solo por el leve crujir de la madera bajo el viento. Rhoyer no podía dormir. Seguía sentada en la cama, con la espalda apoyada en la pared, la mirada clavada en el símbolo misterioso. Sus dedos aún hormigueaban tras haberlo tocado.
El resplandor de la marca parecía crecer cada vez que parpadeaba. El corazón le latía con fuerza, acompasado a la respiración lenta de su madre en la habitación contigua. Se preguntó si debía contarle a Bilshian lo que había visto, pero algo en lo profundo de su pecho le decía que aún no. Había secretos que sólo pertenecían a la noche y a quien los encontraba.
Un zumbido leve, casi imperceptible, llenó la habitación. El aire se volvió denso, cargado de fragancia a tierra mojada y ceniza fría. Rhoyer sintió una presión en el pecho, como si alguien se sentara a su lado en la cama. Giró la cabeza y lo vio: el hombre, idéntico al de sus sueños y al del bosque, estaba allí, tan real que apenas podía creerlo.
Su figura era esbelta y elegante, pero había algo salvaje en la forma en que sus ojos ardían. El negro de sus ropas absorbía la luz, y la sombra que proyectaba era más oscura que la noche misma. No se movió ni habló al principio, solo la observó. Rhoyer sentía el pulso en la garganta, el calor subiéndole a las mejillas al darse cuenta de la cercanía entre ambos.
—No temas —murmuró él, en una voz baja y grave, parecida a la madera que cruje bajo el viento—. He venido porque me has llamado.
Rhoyer apenas podía tragar saliva. —No te he llamado —dijo, aunque sabía, en algún rincón secreto de su alma, que era mentira.
Él se inclinó, y la distancia entre ambos se acortó hasta que pudo sentir el roce del aliento ajeno sobre su piel. Sus ojos brillaban como carbones encendidos en la penumbra.
—El símbolo —prosiguió él, señalando la marca en la pared—. Es la llave. Nuestro vínculo ha empezado.
Rhoyer sintió una oleada de emociones: miedo, sí, pero también algo más. Una atracción imposible de negar que la hacía querer acercarse más, buscar respuestas en la profundidad de esos ojos extraños. ¿Cuántas veces había soñado con este momento, sin saberlo?
Sus piernas temblaban al posar los pies sobre el suelo de madera. El hombre se enderezó. Por un instante, su rostro pareció triste, como si llevara siglos buscando algo imposible de alcanzar.
—¿Quién eres? —susurró Rhoyer, la voz apenas un hilo de aire.
El hombre esbozó una sonrisa suave. —Me llaman Astarion. Y tú eres mucho más de lo que imaginas, Rhoyer Oftemon.
La ventana se cerró de golpe con un estruendo, haciendo saltar el corazón de Rhoyer. La tenue luz de la marca en la pared se intensificó, iluminando el rostro de Astarion. El aire vibraba con promesas no pronunciadas, con un poder antiguo que parecía despertar en la sangre de Rhoyer.
Astarion levantó una mano y la tendió hacia ella, sus dedos apenas tocando los suyos, como si pidiera permiso antes de hacer cualquier movimiento. El calor de ese contacto era real, demasiado real. Un millar de preguntas ardían en la mente de Rhoyer, pero la más urgente era: ¿debía dejarse llevar por esa conexión o resistirse al peligro que irradiaba aquel extraño?
El silencio se hizo denso, suspendido en el aire justo antes de la tormenta. Afuera, algo aulló en el bosque. Dentro, la marca latía como un corazón recién despierto.