Luna subió la escalera de madera, sintiendo las huellas suaves de Leo detrás. La luz del atardecer se colaba por el ventanuco, tiñendo de ámbar las paredes del piso de arriba. Por primera vez desde la muerte de su abuela, la habitación no le resultaba sombría, sino expectante, llena de posibilidades aún sin nombre.
Leo exploraba el espacio con su curiosidad radiante. Pasaba los dedos por las cajas viejas, olfateaba el aire y, al mirar la cama junto a la ventana, sonrió con aprobación. Luna advirtió esa sonrisa y se sintió inesperadamente nerviosa.
—¿No te molesta dormir aquí? —preguntó, casi en un susurro.
Leo la miró con una energía tranquila y honesta:
—He dormido en hojas de roble y en copas de margaritas. Esto es un lujo para mí.
La risa de Leo era cálida, nada burlona. Luna se ruborizó, pero sin el habitual latido de vergüenza. Por dentro, algo se deshacía y se volvía a armar con cada gesto de Leo.
Mientras él deshacía la cama y sacudía una manta, Luna se ocupó de abrir la ventana. El aroma de flores frescas llenó el aire. El silencio entre los dos era cómodo, aunque cargado de preguntas. Cada tanto, Leo la sorprendía observándola. Cuando sus miradas se encontraban, Leo sostenía el contacto, como si leyera en sus ojos las palabras que ella aún no sabía decir.
Finalmente, Leo se sentó en la orilla de la cama. Había dejado la camisa arrugada sobre el respaldo de una silla y se veía extrañamente vulnerable, con los pies descalzos en el suelo pulido.
—¿Qué significa para ti este lugar? —preguntó, con voz baja.
Luna se apoyó en el alféizar. Miró hacia la calle, donde el último cliente se alejaba entre el resplandor de los faroles. El piso crujió bajo sus pies y la memoria de su abuela, regando macetas y cantando, acudió a su mente. —Era mi refugio. Aquí podía ser yo misma —admitió—. Pero a veces pesa mucho estar sola.
Leo asintió despacio. Entre ellos, el aire se llenó de una especie de promesa. Lentamente, él se levantó y dio un paso hacia ella. Se detuvo a un metro, buscando su consentimiento en cada gesto. No había prisa ni presión, solo la pregunta muda de un cuerpo ante otro.
—¿Te incomoda mi presencia? —Su voz era un susurro de viento y miel.
Luna negó con la cabeza. Sentía que la piel le hormigueaba por la cercanía. El silencio de la habitación era tan frágil que apenas se atrevía a respirar.
Leo sonrió, y un destello dorado pareció iluminar la penumbra. Dejó que sus manos colgaran sueltas a los lados, esperando. Luna supo, en ese instante, que no necesitaba esconderse más. Que podía elegir.
En la calle, una ráfaga hizo sonar el cartel de la tienda. En la habitación, solo quedaban ellos y la posibilidad de un primer paso. El corazón de Luna latiendo, fuerte, le recordó que la vida —y el amor— podían ser tan mágicos y arriesgados como un hechizo.
Entonces, Leo susurró:
—Si quieres, puedo quedarme contigo un rato más. O puedo darte espacio. Lo que necesites, Luna.
Todo dependía de lo que Luna hiciera a continuación.