La mañana siguiente irrumpió en el cuarto de Leo con una luz pálida y fría. Abrió los ojos antes de que la alarma sonara. Su padre ya estaba despierto, la voz resonando desde la cocina:
—¡Levántate ya! No quiero llegar tarde por tu culpa.
Leo se vistió rápido, la camisa blanca arrugada y el overol negro aún peor que la noche anterior. Guardó la foto de su madre en el bolsillo interior del abrigo, como un escudo invisible. Bajó las escaleras con pasos silenciosos, con la esperanza de no llamar la atención. Pero su padre lo esperó en la puerta, revisando la maleta que Leo había preparado sin saber para qué.
El viaje en el coche fue silencioso, solo interrumpido por el ruido de la radio y el rechinar de los frenos. Leo miraba el mundo pasar por la ventana, sintiendo que cada árbol, cada poste, cada esquina era una despedida muda. Cuando el coche se detuvo, Leo vio un edificio antiguo, de ladrillo oscuro, con un cartel en letras desgastadas: “Centro de Atención Integral para Menores”. Las palabras se le grabaron en la piel como una quemadura.
La señora del abrigo azul los esperaba en la puerta. Sonrió con tristeza y acarició el hombro de Leo, que se encogió. Adentro, todo olía a limpiador y a miedo. Niños mayores y más pequeños deambulaban por pasillos largos, algunos en silencio, otros susurrando entre sí. Leo apretó la maleta con fuerza mientras conducían a una oficina al fondo del pasillo.
El director, un hombre calvo de bigote canoso y sonrisa forzada, tendió la mano. Leo no la tomó. Su padre habló por él, palabras tensas y rápidas. La señora del abrigo azul intervino, explicando que sería solo por un tiempo, que aquí estaría seguro, que le ayudarían. Leo no comprendía si lo decían para tranquilizarlo a él o a sí mismos.
Cuando su padre firmó unos papeles y se marchó, Leo sintió un vacío más frío que el de su cuarto. No lloró; solo miró la puerta cerrarse y no movió un músculo. La señora del abrigo azul se arrodilló a su lado, hablándole en voz baja:
—Este va a ser tu cuarto, Leo. Hay otros niños, puedes conocerlos si quieres. Y cuando quieras hablar, aquí estaré.
La puerta del nuevo cuarto rechinó al abrirse. Había dos camas, una ya ocupada. El chico del otro lado de la habitación, de cabello negro y piel oscura, lo observó en silencio. Tenía expresión cansada, pero no hostil. Leo dejó la maleta junto a la cama vacía y se sentó, mirando el suelo. El chico carraspeó suavemente:
—¿Cómo te llamas?
Leo dudó. «No hables. No confíes». Pero algo en la mirada del otro chico era distinto a la de los niños de la escuela. Era la mirada de alguien que entendía el silencio.
—Leo —murmuró.
El otro chico asintió, y por un segundo el cuarto pareció menos frío. Afuera, los gritos de otros niños y el zumbido de la televisión llenaban la casa. Leo se recostó sobre la cama, apretando la foto en el bolsillo. Cerró los ojos, tratando de imaginar que la voz de su madre volvería, que el mundo se detendría y él podría quedarse aquí, flotando, ni afuera ni adentro, solo en pausa.
De repente, la voz del director por el altavoz interrumpió el silencio:
—Todos al salón principal. Ya.
El chico de cabello negro se levantó primero y miró a Leo:
—Es mejor ir. Si no, vienen a buscarte.
Leo dudó, el corazón retumbando en el pecho. ¿Quedarse o seguir?