El silencio era tan denso que el latido de su corazón retumbaba en las paredes. La oscuridad le recortaba el aliento, envolviéndola de una forma más profunda e íntima que la propia noche. Sofía tanteó a ciegas la mesa, buscando el interruptor de la lámpara, pero sus dedos solo encontraron el borde frío y suave del diario caído. El papel aún temblaba bajo su mano, como si hubiera absorbido cada palabra, cada advertencia escrita en tinta urgida por el miedo.
No podía ser una coincidencia. El nombre, la fecha, la exactitud de la amenaza... La lógica trataba de imponerse: tal vez era una broma cruel, una extraña casualidad, alguna falsificación demasiado bien hecha. Pero la sensación opresiva en su pecho era real, lo mismo que el temblor en sus manos. Afuera, en la calle, un perro ladró y luego fue silenciado por el rumor lejano de un motor nocturno. Una ráfaga de viento acarició la ventana, haciendo crujir el vidrio. Sofía se preguntó si el frío que sentía venía del exterior o si era la premonición de ese metal ajeno y helado del que hablaba el diario.
Se levantó despacio, guiada por la memoria de la habitación. El resplandor azul de su portátil dormía sobre el escritorio. Pensó en encender la linterna de su móvil, pero la batería estaba casi muerta. Debería buscar velas en la cocina, o al menos revisar los interruptores, pero sus pies la llevaron primero hacia el diario, inmóvil en el suelo.
Se agachó y lo recogió, sintiendo el peso de las páginas, la presión invisible de una historia que parecía llamarla por su nombre. Su propia letra, al margen de una hoja, le devolvió el gesto: una nota rápida escrita esa tarde, antes de leer la última entrada. Nada inusual, salvo que ahora, bajo esa luz ausente, parecía un mensaje dejado por otra persona.
El silencio se rompió con un leve zumbido eléctrico. Un destello, breve y agudo, cruzó la pantalla del portátil. Sofía se volvió, expectante: la pantalla, antes en reposo, parpadeó mostrando líneas de código, caracteres desordenados. El cursor titiló y, por un segundo, creyó ver su nombre escrito allí también, llamándola.
—Esto es imposible —susurró, pero sus palabras fueron tragadas por la habitación vacía.
El diario pesaba en su mano como un secreto a punto de romperse. Una ansiedad antigua se le subió a la garganta. De pronto, el aire pareció hacerse más espeso, como si una presencia invisible hubiera cruzado desde algún punto detrás del muro, rozándola apenas.
Sin saber por qué, Sofía sintió la urgencia de actuar. Podía dejar el diario y salir corriendo, buscar un refugio en la luz tibia de la cocina o perderse en el bullicio de la calle. Podía encender el portátil y buscar respuestas, arriesgando lo que fuera que eso significara. O podía hacer exactamente lo que el diario advertía: quemarlo y tratar de olvidar. Aunque algo, muy dentro de ella, le susurraba que olvidar ya no era una opción.
Un golpe seco resonó en el ventanal. Algo —o alguien— tocó el cristal, y la sombra de Sofía se proyectó brevemente en la superficie, más oscura y nítida que nunca antes. El aire olía a ozono. El portátil zumbaba. El diario temblaba.
Sofía sentía que, al dar el siguiente paso, su mundo podría no volver a ser el mismo.