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Historia interactiva

Caminos Ocultos en la Oscuridad

Acción, Thriller, psicológico, dark, asesinato, misterio

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Anteriormente

…Algo grande se estaba moviendo en las sombras. Y yo, sin saber cómo, estaba en el centro de todo. El viento sopló entre los edificios, trayendo el eco lejano de una sirena. Me subí al coche y encendí el motor, pero no arranqué. Por un instante, tuve la certeza de que alguien me observaba desde alguna ventana. Gire la cabeza, pero solo vi reflejos en los cristales rotos. Di marcha atrás y tomé la carretera de vuelta a la ciudad. Algo me decía que aquella noche solo era el principio. El comienzo de un camino oculto en la oscuridad, del que quizá no saldría igual.

La ciudad se alzaba ante Adrián como una bestia insomne, encendiendo sus farolas una a una mientras la noche se espesaba sobre los edificios antiguos. El parabrisas vibraba bajo la lluvia fina que empezaba a caer, dibujando ríos de luz sobre el cristal. El almacén quedaba atrás, pero el peso de lo que había encontrado lo acompañaba, silencioso y terrible.

Condujo en silencio, cruzando avenidas desiertas, hasta que llegó frente a la comisaría. El toldo de la entrada goteaba; algunos agentes fumaban en un rincón, sus rostros iluminados brevemente por las brasas. Adrián apagó el motor, recogió el llavero embolsado y caminó bajo la lluvia sin sentir el frío. Cada paso lo alejaba más de la certeza y lo acercaba a un abismo de preguntas.

Dentro, el ambiente olía a café recalentado y a papeles húmedos. El comisario Morales lo esperaba tras una puerta entreabierta, su figura recortada por la luz de la lámpara de escritorio. Al verlo entrar, Morales asintió sin sonreír.

—Siéntate, Vargas —dijo, señalando la silla frente a él.

Adrián obedeció, notando cómo el silencio se estiraba, tenso. Morales tamborileó con los dedos sobre un expediente.

—¿Qué demonios está pasando? —inquirió finalmente, directo—. ¿Por qué ese objeto? ¿Quién sería capaz de saber…?

Adrián soltó el aire, mostrando la bolsa de pruebas con el llavero. Lo colocó sobre la mesa como si soltara una evidencia de su propia vida.

—Solo alguien que conozca mi historia. Alguien que quiere enviarme un mensaje. O arrastrarme a algo más grande.

Morales guardó silencio. Parecía debatirse entre la preocupación genuina y el deber de proteger la reputación de la comisaría. Finalmente, se inclinó hacia adelante, bajando la voz:

—¿Has pensado en quién podría estar detrás? ¿Enemigos? ¿Alguien que quiera vengarse de ti?

Adrián pensó en los rostros del pasado: detenidos resentidos, colegas traicionados, sombras que nunca desaparecieron del todo. Pero ninguno encajaba del todo.

—No lo sé, pero el asesino sabe demasiado. Y eligió a la víctima para llamar mi atención.

—¿Reconociste a la mujer? —preguntó Morales, escrutándolo.

Adrián negó con la cabeza, pero una imagen fugaz cruzó su mente: un retrato antiguo, una fotografía en blanco y negro, la mirada triste de su hermana. Cerró el puño, apartando el recuerdo.

La puerta del despacho se abrió bruscamente. Era Lucía, la forense, empapada y con expresión grave.

—Perdón la interrupción, comisario. Vargas, tienes que ver esto —dijo, extendiendo un sobre con fotografías.

Adrián se incorporó, tomando las imágenes. En la primera, el rostro de la víctima; en la segunda, el detalle del cuello. Unas marcas, casi imperceptibles a simple vista, formaban un patrón. Un símbolo que reconoció al instante: una espiral trazada a fuego, idéntica a la que figuraba en la vieja medalla que había pertenecido a Clara.

El pulso le retumbó en los oídos. No podía ser casualidad. Alzó la vista hacia Lucía, que murmuró en voz baja:

—La autopsia preliminar indica que la asfixia fue lenta… y que la víctima fue sedada antes. Había restos de un tranquilizante. Y esto… —señaló la espiral en la fotografía—, esto fue quemado sobre la piel poco antes de morir.

Morales cruzó los brazos, visiblemente alterado.

—Esto va más allá de un simple asesinato, Vargas. No voy a mentirte, hay presión desde arriba para que no se filtre ningún detalle. Pero si esto es una advertencia para ti, quiero que redobles precauciones. No actúes solo.

Adrián asintió lentamente, aunque sabía que una parte de él ya había cruzado la línea. El caso estaba atado a sus recuerdos, a la memoria de su hermana, a algo que no podía abandonar.

En ese momento, un golpe seco resonó en la puerta de la comisaría. Un agente entró, pálido como un papel.

—Detective Vargas… han dejado esto para usted.

En sus manos, un sobre negro con su nombre escrito en letras rojas y temblorosas. El silencio fue absoluto.

Adrián lo tomó. El sobre pesaba demasiado para contener solo una carta. Algo duro chocaba en su interior.

Durante un instante eterno, el despacho se llenó de electricidad contenida.

Adrián sujetó el sobre, el pulso acelerado, consciente de que lo que había dentro podía cambiarlo todo.

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