Lina se puso el abrigo amarillo, ese que la mano siempre le tendía cuando salía de la casa. Esta vez no esperó el gesto; ella misma lo tomó del perchero, sintiendo la sutil resistencia de los píxeles cuando pasó su brazo por la manga. La mano flotó a su alrededor, como dudando de cuál sería su función hoy.
Fuera, el aire artificial olía a manzanas frescas. Lina bajó los escalones de la entrada y miró a ambos lados, como si esperara ver a alguien. Nadie. Solo los arbustos recortados y el sonido en bucle de los pájaros. La mano se adelantó, flotando hacia el sendero que llevaba al centro del pueblo. Lina la siguió, con el corazón un poco acelerado.
Caminó despacio, prestando atención a cada detalle. Sabía que el mundo siempre se reiniciaba tras cada sueño, pero hoy buscaba pequeñas alteraciones. El mismo gato pixelado cruzó su camino y la miró con los mismos ojos impasibles. Lina se agachó y le susurró:
—¿Tú también lo notas, verdad?—
El gato se esfumó al toque de la mano, que parecía preocuparse de que Lina no perdiera el rumbo. La plaza central asomó pronto, idéntica a la del día anterior. Pero Lina fue directo a la fuente. Donde ayer estuvo la grieta, solo había mármol liso. Pasó los dedos por el borde y sintió apenas un escalofrío. Era como si algo la observara desde dentro del reflejo del agua.
—Aquí estaba —murmuró, más para sí que para la mano—. No me lo imaginé.
La mano giró a su alrededor, rápida, como queriendo distraerla. Pero Lina endureció el gesto. Había una tensión nueva, una electricidad en el aire que nunca había sentido en este lugar.
De repente, en el borde opuesto de la plaza, vio algo distinto: un banco de madera que nunca antes había estado ahí. Se acercó y, al tocarlo, notó que parte de la pintura estaba desconchada. ¿Un error? ¿O una pista?
—No más bucles —susurró—. Quiero saber la verdad.
La mano titubeó, dudosa, pero Lina la miró con firmeza. Algo vibraba en su interior, una mezcla de temor y esperanza. Si el mundo podía cambiar, ella también podía hacerlo. Tal vez, solo tal vez, lo que había visto el día anterior era un mensaje. Tal vez la mano era más que una simple ayuda. O tal vez era la llave para romper el ciclo.
El sol digital seguía su curso artificial, pero Lina no tenía prisa. Se sentó en el nuevo banco y esperó. No sabía bien a quién, ni qué. El silencio era más profundo de lo habitual, como si el programa mismo estuviera conteniendo la respiración. De pronto, la mano se deslizó hasta su hombro y, en un gesto inédito, la sostuvo un poco más de lo normal. Un calor peculiar le recorrió la espalda.
Fue entonces cuando el suelo bajo la plaza vibró suavemente, apenas perceptible. Lina se puso de pie de un salto. La fuente arrojó un destello azul, y durante un segundo, Lina vio una sombra dentro del agua, algo que no era ni su reflejo ni la mano. Algo más. La vibración cesó y el mundo pareció volver a su quietud programada.
Pero Lina ya había visto suficiente. No estaba sola. Y si había una sombra, tal vez había respuestas. O peligro. O libertad.
La mano la observó, esperando su próxima elección, más cerca de ella que nunca.