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Historia interactiva

Amor a primera vista

👑 “La chica humilde y el chico rico” Él tiene dinero y una vida lujosa; ella lleva una vida sencilla. Se enamoran, pero alguien hará todo para separarlos.

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…Pero en la mansión de los Delgado, doña Isabel se sentó frente al tocador de su habitación y observó su reflejo en el espejo. Sus dedos, enjoyados, tamborilearon sobre la madera. —Esa mesera —murmuró, con los labios apretados—. No voy a permitir que mi hijo se fije en una cualquiera. Tomó su teléfono y marcó un número. —Quiero que investiguen a una tal Valentina Rivas. Necesito saber todo sobre ella. Colgó y, en la penumbra de su cuarto, sonrió. Una sonrisa fría, calculadora. Valentina, ajena a todo, se quedó dormida soñando con los ojos color miel de Mateo Delgado.

Al amanecer, la luz se filtró entre los huecos de la cortina raída. Valentina despertó con la sensación tibia de haber vivido un sueño hermoso y peligroso. Durante un instante, se permitió quedarse abrazando la almohada, recordando la suavidad del asiento bajo sus manos, la risa de Mateo resonando en el auto, la promesa oculta en su despedida.

Oyó ruidos en la cocina. Se incorporó de golpe: el uniforme arrugado, la cara pegada al brazo, el cabello hecho un desastre. Su madre ya se había levantado para preparar el café y calentar pan. Valentina cruzó el diminuto pasillo y se dejó caer en una de las sillas, aún medio dormida.

—¿Tarde anoche, hija? —preguntó su madre, sin mirarla del todo, con ese tono que bordeaba la preocupación y la resignación.

—Un poco —respondió, evitando los detalles. No quería hablar de Mateo, ni del auto oscuro, ni de esa sensación de flotar fuera de su mundo. Tomó café, dejando que el amargor le despabilara el corazón.

Mientras su madre le daba la espalda, Valentina revisó el teléfono que había dejado cargando como siempre sobre la nevera. Una notificación: un mensaje desconocido.

"Hola, ¿despertaste ya? Espero que hayas soñado bonito. ¿Puedo verte hoy? —Mateo"

Sintió una descarga. El solo nombre en la pantalla hizo que se le apretara el pecho, a la vez dulce y doloroso, como si de pronto estuviera a punto de flotar y caer a la vez. Miró de reojo a su madre, que la observaba en silencio, como si adivinara que algo había cambiado en su hija.

—¿Todo bien, Valen?

—Sí, mamá. Tengo que apurarme para la universidad —improvisó, y se retiró de la mesa mientras el mensaje de Mateo ardía en su mano.

En el baño, con el sonido del agua cayendo en la pila, Valentina se quedó unos segundos frente al espejo descascarado. Se peinó el cabello, intentando verse como alguien normal, alguien a quien los hijos de millonarios no buscan al anochecer. Resolvió dejar que el día fluyera, pero su corazón no le obedecía: cada latido era un recuerdo de la noche anterior.

Mientras se vestía y preparaba la mochila, el teléfono volvió a vibrar. Otro mensaje, esta vez más breve, pero igual de electrizante: "Quiero verte hoy. ¿Puedes?"

El nudo en el estómago se mezclaba con una extraña emoción. Salió al pasillo, despidiéndose rápido de su madre, y bajó los escalones de dos en dos, sintiendo que la ciudad entera la miraba. Afuera, la brisa fresca y el bullicio del barrio le recordaron quién era realmente, de dónde venía, y a quién pertenecía su vida. Pero el vértigo de haber sido elegida por alguien como Mateo no la soltaba.

A mitad de camino a la parada del autobús, Valentina se detuvo bajo la sombra de un árbol y, con el pulgar tembloroso, respondió: "Podemos vernos después de mis clases. ¿Dónde?"

Casi al instante, llegó la respuesta: "Puedo ir por ti a la universidad. Quiero invitarte a almorzar."

El temor y la ilusión pelearon en su interior. Sabía que cualquier paso mal dado podía ser peligroso. Las palabras de su madre flotaban en su mente, el miedo a que la vida se complicara aún más. Pero también recordó la calidez en la voz de Mateo, la promesa de algo distinto, de sentirse vista.

El autobús se detuvo frente a ella. Subió, encontrando un asiento junto a la ventana. El paisaje urbano desfilaba velozmente, mientras Valentina sentía que el verdadero viaje recién comenzaba.

Del otro lado de la ciudad, en un despacho inundado de luz, doña Isabel hojeaba un sobre cerrado. Dentro había fotografías y hojas impresas con datos.

—Así que estudias y trabajas, Valentina Rivas —susurró—. No vas a destruir lo que he construido.

Sus ojos brillaron con determinación, mientras pensaba en el próximo movimiento que pondría en marcha esa misma tarde.

Al bajarse del autobús junto a la universidad, Valentina vio a Mateo esperándola a lo lejos, apoyado contra su auto negro, con una sonrisa que parecía conjurar el sol sobre la acera. Pero algo, una sombra, acechaba en el contorno de su felicidad, invisible pero real.

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